La pandemia de COVID-19 se veía venir. Lo predijeron muchos expertos; el científico Larry Brilliant, los filántropos Melinda y Bill Gates y hasta en el cine, la película Contagio del 2011, cuyo guion de ficción fuera asesorado por expertos. Pero quizás el mejor profeta sobre este coronavirus fue la divulgadora científica, autora de “The coming Plague” y ganadora de un Premio Pulitzer, Laurie Garrett. En una charla TED del 2007, vaticinó con lujos de detalles algo escalofriantes la pandemia de COVID-19, aquí pueden verla con subtítulos en español. La comunidad científica internacional cada tanto, como el cuento infantil, anunciaba que el lobo venía al pueblo, pero como este no llegaba, nos relajamos, omitimos o reaccionamos con lentitud cuando las amenaza se hizo realidad.

Laurie Garrett, comunicadora en salud en una charla TED en 2005.

Desde el brote de la denominada gripe aviar, las y los expertos venían alertando sobre como la próxima pandemia estaría vinculada a un virus respiratorio del tipo de la gripe o influenza y que se originaría en el sudeste asiático por la transmisión de un animal a un humano. Uno de los efectos potencialmente peligrosos de la globalización era la combinación del incremento de la cantidad y densidad poblacional y el aumento de la circulación de personas que vuelan constantemente por todo el mundo (pudiendo trasladar un virus de un extremo al otro del planeta en un par de vuelos). La concentración de la superpoblación en grandes ciudades, con pocos metros cuadrados por habitantes, garantizaba una muy eficiente y letal circulación comunitaria de un virus importado. Mientras tanto los virus de tipo respiratorios, incluyendo los coronavirus fueron mutando. Ya se iban dando todas las condiciones para que en cualquier momento surgiera una pandemia global con un pronóstico catastrófico. Todos los especialistas que trabajan en estos modelajes y pronósticos, especialistas en estas enfermedades, coincidían en que lo único y más importante para hacer era o es monitorear, estar preparados, responder de inmediato con acciones de mitigación y contener la transmisión del virus.

El Estado de respuestas lentas

La inmensa mayoría de los Estados y sus gobiernos han demostrado con la pandemia de COVID-19 que fallaron en reconocer una alerta temprana, no estaban preparados en sus sistemas y servicios de salud, no pusieron en marcha en forma oportuna medidas de mitigación y de contención de la infección (cuarentenas, distanciamientos sociales, cierre de fronteras, interrupción del tráfico aéreo ni coordinación internacional). Esto tiene, al momento de escribir este editorial un resultado catastrófico, con más de tres millones setecientos mil personas infectadas por COVID-19 y doscientas sesenta mil personas muertas por las complicaciones ocasionadas por el virus.

La gripe española tuvo tres olas y fue la segunda la de mayor letalidad.

Para poner en perspectiva los números: Estados Unidos, con un tercio de los casos mundiales de personas fallecidas, ya superó las vidas perdidas de soldados en la guerra de Vietnam. Y debemos de reconocer, primero, que como en cualquier enfermedad de transición estamos en una pandemia en la que el nivel y la calidad de la información estratégica es la que preexistía en los países, razón por la cual podemos esperar grandes subregistros y, segundo, esta pandemia está lejos de haber terminado para el sur, dónde se superpone con el invierno y el “subdesarrollo”; incluso en el norte los números diarios siguen siendo escalofriantes. Si analizamos la experiencia de la gripe española en 1918, aquella tuvo tres olas y fue la segunda la de mayor letalidad.

En el fragor de la lucha contra la enfermedad es prematuro intentar sacar lecciones aprendidas, mas que aquellas que se pueden aislar de países que han logrado contener y controlar la epidemia, como también, el alto costo de aquellos que hicieron poco y tarde. O sea, sabemos más sobre de lo que no hay que hacer que de lo que hay que hacer. Los comités de expertos y las grandes organizaciones científico-académicas tienen más dudas que respuestas, más allá de tratar de distanciar o aislar a la población del virus, la única medida que probó ser eficaz, pero a un alto costo financiero.

En este contexto, podemos atrevernos a afirmar que, salvo algunas excepciones, no hemos visto sistemas de salud resilientes, ni en países desarrollados ni en aquellos en vías de desarrollo. Este es un tema muy grave para quiénes venimos trabajando en la Cobertura y Acceso Universal a Salud para el 2030. Si los países más ricos del mundo se vieron superados rápidamente, ¿que se podría esperar de los nuestros?

Muchos países cerraron sus fronteras y sus actividades económicas para detener el virus. Foto: Lalupa.pe

Sin duda, el análisis de lo que paso requiere perspectiva y distancia, en el medio de una crisis sanitaria no se pueden arrojar conclusiones. Pero en aquellos países que no lograron contener la transmisión a tiempo, hubo una constante, los sistemas y servicios de salud se vieron saturados y superados en su capacidad y -además de la alta capacidad de daño del virus-, no alcanzaron las camas ni los respiradores mecánicos para salvar más vidas. Y lo que es más grave, no hubo suficientes insumos de protección personal, transformando a los profesionales de la salud en un grupo altamente vulnerable.

¿Economía o salud?

Hubo gobiernos que no cerraron sus aeropuertos y fronteras ni impusieron cuarentenas por miedo al impacto económico que estas medidas tendrían en el país; al final -tarde o temprano- el mundo cerró y se encerró por casi dos meses. Recién vemos ahora a algunos países del hemisferio norte relajando la cuarentena y abriendo algunas actividades económicas. La razón no es sanitaria, sino económica. La destrucción de empleos, comercios, pequeñas y medianas empresas, la presión de las corporaciones y de los ciudadanos,  los ha obligado a ensayar diferentes formas de apertura, sobre todo en aquellos países donde las curvas de nuevas infecciones y mortalidad estarían descendiendo; pero esto es un ensayo, a prueba y error, luego de contener algunas fugas es abrir la llave para cerciorarse si pierde agua y cuánto se pierde. Y en base a esto, decidir seguir abriendo o volver a cerrar.

En la decisión de decretar la cuarentena y sostenerla, en la mayoría de los países primó un criterio sanitario, privilegiando el control de la enfermedad por sobre los intereses y necesidades económicas del país. Esto tuvo consecuencias devastadoras en las finanzas y el mundo laboral en todos los países, desarrollados y en vías de desarrollo. Algunos de los países más pobres y endeudados decidieron cerrar sus fronteras y la mayoría de la actividad económica, privilegiando la vida; pero no todos actuaron oportunamente y el costo ha sido decenas de miles de vida que la COVID-19 se ha cobrado y se sigue cobrando.

Aun cuando las medidas de contención y prevención de la epidemia han sido siempre simples: lavado de manos con jabón o acceso a alcohol en gel, el distanciamiento social y el aislamiento, para un tercio de la población mundial esto es un lujo inaccesible. Tres mil millones de personas en el mundo no tienen acceso a agua y jabón, incluso siendo profesionales de la salud, y esto también es una mirada económica de la salud. No es menos importante reiterar el impacto económico catastrófico que la COVID-19 ha tenido en la seguridad alimentaria de las poblaciones más vulnerables.

Un tercio de la población mundial no tiene acceso a agua potable en casa. Foto: AFP. Foto

En el futuro, cuando se escriba la historia de esta pandemia quizás determinemos que la economía prevaleció sobre las consideraciones sanitarias, quizás por la pronta reapertura de la actividad y conclusión de la cuarentena, aunque los porcentajes de personas testeadas sea ínfima, en particular si se confirmase la circulación de personas asintomáticas o que la epidemia se presentara en diferentes olas, y esta fuera solo la primera. En esto días, cuarenta países se han reunido en la sede la Comunidad Europea junto a la Fundación Gates y la OMS y han conseguido movilizar ocho mil millones de dólares para acelerar el desarrollo de una vacuna, un tratamiento y más y mejore pruebas diagnósticas y anticuerpos. Una suma y un compromiso que, sin lugar a dudas, podrá acelerar no solo el descubrimiento, sino el acceso equitativo para todas las personas en el mundo.

En esta ocasión, no analizaremos algunos aspectos de la respuesta a la pandemia que son clave y debemos vigilar, como la violación de los Derechos Humanos; la necesidad de aislar a las personas con COVID-19 o sospechosas de tenerlo y a los grupos vulnerables, no justifica cualquier medio. La tendencia sanitaria es la de diagnosticar, buscar contactos y aislar, y nadie discute la necesidad imperiosa de esos abordajes, pero en un mundo de democracias modernas no debería haber espacio para vulnerar derechos, como han habido casos.

Los números son importantes para monitorear la epidemia, para determinar las necesidades de recursos y modelar los escenarios posibles. Pero por la dimensión de la pandemia de COVID-19, cientos de miles de personas que han perdido o perderán la vida ya corren el riesgo de volverse solo números, en pujas ya político-partidarias donde miles de vidas humanas serán moneda de transacción para premiar o castigar a los líderes de nuestros países por su rol en la respuesta a la crisis. Pero estas son solo algunas notas desde la trinchera, porque esta batalla contra la COVID-19 está lejos de haber concluido y hay un final abierto, poco feliz. Nada volverá a ser como antes, esa es la nueva “normalidad”. Por ahora, la mejor contribución que podemos hacer para mitigar esta epidemia es no exponernos al virus.

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