La normalidad es la condición de lo normal y “normal” es un adjetivo sobre una cosa que se encontraría en su estado natural habitual u ordinario. En la historia de la humanidad, la normalidad ha sido usada para justificar la imposición de normas o reglas, quizás más intangibles que una ley, o para definir una cosa que se ajustaría a ciertas normas fijadas de antemano.

La pandemia ocasionada por el covid-19 nos ha obligado a abandonar muchos comportamientos “normales”.

Lo normal y la normalidad son palabras muy cargadas moralmente por su antónimo “lo anormal”, que se ha empleado para, en primera instancia, reprimir, criminalizar o patologizar muchas cuestiones relacionadas con la identidad y los comportamientos humanos; en una segunda instancia, lograr que esa normalidad convencional se tradujera en una norma, en ocasiones restrictiva. La lucha por la ampliación de los derechos es el origen de múltiples y nuevas normalidades. Debiéramos ya estar acostumbrados para ajustar nuestro comportamiento, escala de valores y actitudes a la aparición constantes de nuevas formas de normalidad. Incluso muchos pensadores y activistas han interpelado la existencia del término hasta proponer abandonar su uso, pues cada día es más difícil, por suerte, definir ¿qué es lo normal?

La pandemia ocasionada por el covid-19 nos ha obligado a abandonar muchos comportamientos “normales”, incluyendo derechos adquiridos, comportamientos, costumbres y parte de nuestra idiosincrasia. La motivación ha sido la de protegernos del nuevo coronavirus y, en casi todos los casos, fue impuesto. Al mismo tiempo, hemos sido testigos del costo, tanto en vidas como financiero, que viene sucediendo en aquellos países con una respuesta a la pandemia pobre o extemporánea.

Las epidemias y pandemias exigen la renuncia de algunos derechos para proteger la vida. Para entender la idea de una nueva normalidad veamos algunos ejemplos de los sacrificios de renunciar, en parte, a la vieja normalidad.

La libertad

La cuarentena y otras medidas de aislamiento impuestas en la mayoría de los países han demostrado ser una exitosa medida de control de la transmisión y mitigación del impacto de una enfermedad sobre la que no se tiene suficiente conocimiento, vacuna o tratamiento. Podemos ver los resultados negativos, en vidas perdidas, de aquellos que dudaron o subestimaron el valor sanitario del aislamiento. Esta medida de contención de la transmisión supone la puesta en suspenso de uno de los derechos humanos básicos, la libertad. Presente en la mayoría de las constituciones o cartas magnas de todas las naciones democráticas, como un derecho. Toda persona que habita esta tierra tiene el derecho a la libre circulación hasta que el gobierno y la autoridad sanitaria, en el caso del COVID-19, determinó lo contrario. El derecho a la libre circulación esta enraizado con un valor excepcional, en las leyes y en la cultura de los latinoamericanos como hijos y nietos de las dictaduras. En otros países como los EE. UU. o Sudáfrica la libertad, no hace mucho, estaba vinculada con la cuestión racial.

Las personas hemos entregado en manos del Estado algunas formas de nuestra libertad, en el corto plazo, confiando que esta es y ha sido la forma de protegernos, cediéndola con el fin de sobrevivir. Nadie sabe a ciencia cierta cómo se sale de una cuarentena y cómo se comportará el virus en el futuro, poniéndonos en una situación posible de volver a la cuarentena. Lo que podemos asegurar es que la libertad nos será devuelta bajo un nuevo contrato social y reglas muy específicas para evitar una recaída.

Mucho se ha hablado de la dicotomía entre la salud y la economía. Al principio, la mayoría de los Estados han priorizado la salud por sobre la economía y eso ha permitido proteger a la población. Pero aquí vemos otra inevitable forma de cercenar la libertad, obligando a empresarios y comerciantes de todos los tamaños a dejar de producir y comercializar, lo que significará pérdidas de empresas y emprendimientos acompañados de porcentajes muy elevados de puestos de trabajo, ese es el precio que hemos pagado para sobrevivir. Y de resolverse la pandemia, el costo económico será sin lugar a duda, junto con las vidas perdidas, el precio más alto por pagar.

Es interesante observar el alto acatamiento de la cuarentena y el aislamiento, que seguramente tienen más que ver con el miedo a enfermar que con los deberes cívicos. Nadie puede predecir la relación que tendrá la nueva normalidad y la realidad con el ejercicio de nuestra libertad.

La salud individual

Antes de la pandemia existía un grupo, un segmento de la población, encarnado por las clases medias, que podían tener “una vida sana”. Y que su salud dependía de su comportamiento individual, por ejemplo, hacer ejercicio, comer sano, no fumar ni abusar del consumo del alcohol y concurrir habitualmente a los controles médicos. En cambio, las personas pobres no contaban con el mismo derecho y posibilidades de cuidar de su propia salud. La malnutrición y la obesidad infantil son claro ejemplos que la salud individual, en algunos estratos, depende de otras variables sociales, culturales y, sobre todo, económicas. Un Estado presente, con un buen sistema de salud pública, que incluye políticas de inmunización obligatoria y otras intervenciones de salud comunitaria, protege una parte importante de la salud de todos, y los programas de ayuda social, tratan de reparar la inequidad y redistribuir, tratando de lograr algún grado de ejercicio del derecho al bienestar.

Nadie puede predecir la relación que tendrá la nueva normalidad y la realidad con el ejercicio de nuestra libertad.

La llegada del covid-19 no reconoce, en principio, clases sociales, y las poblaciones vulnerables, por ejemplo, los adultos mayores, son un segmento etario que, no necesariamente está relacionado con el nivel socioeconómico. Pero aun cuando el virus hace estragos en los adultos mayores, su impacto clínico es peor en la población de menos ingresos. El dengue, el zika, el chagas, entre otras enfermedades de transmisión, se ensañan con los más pobres. La gripe estacional, en nuestros países, mata al año mucho más a los adultos mayores, sobre todo pobres, que viven en condiciones de hacinamiento. Hoy vemos como el covid-19, en todo el mundo, encuentra en el hacinamiento, en la carencia de agua segura y en la preexistencia de problemas de salud desatendidos, entre otras variables, un campo fértil para contagiar y lograr una progresión de los síntomas con un más alto nivel de mortalidad.

Más allá de esta contextualización vinculada a la pobreza, la pandemia como cualquier otra enfermedad de transmisión, escapa a la posibilidad de una salud personal. Aún aquellos que han cumplido la cuarentena en forma ejemplar, un pequeño traspié los ha expuesto al covid-19, y la evolución de la enfermedad, en ocasiones ha demostrado tener poco que ver con la salud individual. Y esta es una de las fuentes que democratiza y esparce el miedo. Es de relativa importancia tus cuidados previos, lo que importa es lo que haces hoy, ahora. Sabemos que personas con enfermedades respiratorias, obesidad y diabetes tendrán una dura lucha en la fase sintomática, pero también mueren de complicaciones relacionadas con el virus los deportistas.

El contacto físico

En todos los países y culturas existe la necesidad del contacto físico en algunas de sus formas, aún en los contextos formales hay o un apretón de manos, un abrazo (más o menos cercano) o un beso. Todo esto es historia. Es probable que estas expresiones por mucho tiempo no formen parte de los comportamientos sociales entre humanos. Chocar los codos, parece un recurso consuelo, pero casualmente no tiene casi contacto físico y  se reduce el distanciamiento social sugerido de 1,5 o 2 metros. Es mejor quizás es que no incorporemos este tipo de saludo como hábito.

Hay familias y grupos de amigos donde el contacto físico forma parte muy importante de la interacción y demostración de afecto y cariño. Y es hasta algo recomendado por pediatras y profesionales de la salud mental. Desde que se puso en marcha la cuarentena, abuelas y abuelos solo han podido ver a sus hijos y nietos, en el mejor de los casos, en la pantalla del ordenador, la tablet o el teléfono.

Hemos visto en repetidas ocasiones, como aquellas personas que no respondían a tratamiento alguno, merced a la generosidad de los profesionales de la salud, se despedían de sus seres queridos por teléfono. Pacientes aislados por semanas, sintiendo como junto al aire se les escapaba la vida, sin la posibilidad de abrazar a sus seres queridos. Y los familiares que deberán elaborar el duelo con sus fallecidos envueltos en bolsas o apresuradamente cremados, como norma. Esto resalta la importancia y necesidad que el contacto físico tiene en cada etapa del ciclo de vida de los humanos.

Sumado a lo arriba descrito, debemos mencionar los tapabocas. Entonces, la interrelación con otras personas sucede, a no menos de un metro de distancia, sin contacto con la piel del otro y sin poder ver el rostro.

Las relaciones entre amigos cambiaron de un día para el otro, con la prohibición de concurrir a lugares sociales de todo tipo, las restricciones de movilidad y la posibilidad de reunirse. Podemos coincidir que los avances en la era digital nos permiten ver, pantalla de por medio, a un amigo o familiar, pero esto que pueda formar parte de la normalidad en el corto y mediano plazo no reemplaza la posibilidad de sentarse alrededor de una mesa para un encuentro habitual o una celebración, como tampoco, salir a bailar o de tragos.

La vida sexual también se ha visto severamente afectada, sin entrar en el detalle sobre parejas con hijos conviviendo bajo el mismo techo, existe un porcentaje significativo de personas de todas las edades, desde la adolescencia hasta los adultos mayores, que ya sea porque no tenían una relación estable al momento de aparecer el covid-19 o porque la relación de largo plazo no incluía el cohabitar, la vida sexual y afectiva directa se ha visto severamente afectada.

Imaginemos una persona joven que antes de la epidemia había logrado irse a vivir sola, seguramente a un departamento de modestas dimensiones, lleva semanas sin poder ver e interactuar con su familia, sus amigas y amigos, sin vida social y sexo-afectiva (con o sin pareja estable).

Todas las variaciones del aislamiento tienen una constante: la precarización de las relaciones interpersonales y la pérdida del contacto físico, esto requiere prestar particular atención a la salud mental y emocional de las personas, algo que ha quedado muy rezagado en esta epidemia.

Por último, el trabajo o la educación a distancia, por falta de costumbre se ha transformado en una fuente de estrés significativo, y hay claras señales que la gente trabaja y estudia más para compensar la ausencia, la soledad y el tiempo ocioso, sin dejar de considerar la incertidumbre laboral, el potencial de la pérdida del trabajo y el ingreso. Esto no es sostenible. Muchas relaciones de pareja y familiares se sustentaban en los equilibrios del tiempo dentro y fuera de casa, como de las actividades juntos y por separado, todas estas barreras se han borrado, generando una situación excepcional de una convivencia ininterrumpida, exclusivamente antinatural, que para sostenerse requiere de una relación muy saludable, la otra cara de la moneda es el incremento de la violencia de género intrafamiliar.

En conclusión, las nociones y practicas “normales” a partir de la pandemia se ven trastocadas por la pérdida de la libertad, el valor relativo de la salud individual y la pérdida del contacto físico, con la incertidumbre de saber si todos estos sacrificios son suficientes, si habrá un día en el que se abran las puertas de estos bunkers y volvamos a disfrutar libremente de estas y otras características de la “normalidad”.

Hasta tanto no exista una vacuna, parece que este coronavirus habrá llegado para quedarse y esto será quizás el origen del concepto tan usado de la “nueva normalidad”. Seguiremos confiando en las medidas impuestas por los gobiernos, asesorados por las y los científicos.

Necesitamos por lo menos seguir asumiendo que saben lo que hacen. Sin embargo, es un hecho ineludible, que, frente a esta nueva pandemia, que muestra diferentes facetas semana a semana, es relativo tener las respuestas contundentes para minimizar el impacto, como también desarrollar una respuesta terapéutica y profiláctica. No debemos subestimar las presiones políticas de los lobbies y medios por abrir las cuarentenas, pero si hemos llegado hasta aquí con la ciencia, usémosla para una salida ordenada.

Quienes administran la salud pública corren todavía con una ventaja, el miedo, que se traduce en obediencia. La economía que no sabe de virus, y viceversa, son y serán el principal condicionamiento de las decisiones en el mediano plazo. En los primeros meses de la pandemia se puede sostener la razonable afirmación que “no hay economía posible con el pueblo enfermo”, pero llegará el tiempo dónde la ecuación de invierta.

La ciudadanía ha cedido muchas libertades y derechos, aquellos que han recibido tamañas concesiones deberán estar a la altura de las circunstancias. No se podrá sostener a base de slogans esta situación de profunda anormalidad por mucho más tiempo. Y tampoco las posiciones extremas, polares, no ayudan con la angustia de la gente sin ingresos.

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