Por Diego Ruiz Thorrens.-

María* es una mujer trans y migrante, diagnosticada con VIH desde el 2016; ella compartió con Corresponsales Clave las barreras y dificultades que ha vivido para acceder, de manera oportuna, a su tratamiento antirretroviral (TAR) y así alcanzar una mejor calidad de vida, también comentó cuál ha sido el rol de las organizaciones de base comunitaria en Colombia en el apoyo y continuación del TAR y cómo el impacto de la cooperación internacional ha permitido que se les garantice el acceso a estos medicamentos a muchas más personas migrantes.

Miles de personas migraron de Venezuela debido a la profunda crisis económica y social que atraviesa el país.

“Llegar aquí (a Bucaramanga) no fue fácil, mi vida”, nos comparte María, mientras se sienta en un amplio sofá. Siendo una mujer trans con VIH, relata que en su natal Caracas la escasez de medicamentos antirretrovirales es mucho más grave de lo que la gente imagina: “En muchos centros de salud ya no había ni una pastilla. Y aquellos que vendían el medicamento lo hacían aprovechándose de la necesidad de los demás. Eso era injusto”. También manifiesta que la transfobia y la homofobia agravan la situación para todas aquellas personas que necesitan urgentemente atención en salud, especialmente la población con VIH, “a ti te terminan culpando de algo que sabes que no es culpa tuya. A cualquier le puede dar VIH”, reclama.

Miles de personas migraron de Venezuela debido a la profunda crisis económica y social que atraviesa el país. Sin embargo, las personas que cargan con un mayor peso en la crisis económica son aquellas que no pueden costearse el acceso a un tratamiento médico. “Allá, era quedarme a morir o salir, correr y buscar ayuda y, buscar también algo de chamba (trabajo). No hay posibilidad de sobrevivir, más cuando tú eres una chica trans”, cuenta. María describe también la dificultad y el trauma que implica alejarse de sus familiares, amigos y seres queridos, “de los pocos que aún quedan vivos”.

AHF y ACNUR realizan acciones de acogida a las personas migrantes con VIH.

Su travesía por carretera comenzó como la de muchos de sus compatriotas: “Mira, muchas salimos en grupos, acompañadas, buscando la posibilidad de encontrar alguien quien pudiera darnos un aventón o que se nos permitiera acompañarlos en el recorrido”. Sin embargo, relata que muchas mujeres de la población trans (algunas también viviendo con VIH) tuvieron experiencias de violencia debido a su identidad de género, episodios que van desde el ataque sexual, hasta ataques de transfobia. “Yo la tenía clara desde que salí de allá. En redes sociales encontré y me contacté con una organización para VIH que queda en (la) frontera, en la ciudad de Cúcuta (ciudad del departamento de Norte de Santander, Colombia, limítrofe con Venezuela), y allá me dijeron que podían ayudarme. Eso fue una bendición”, recuerda.

No obstante, su permanencia en la ciudad de Cúcuta se vio interrumpida por una sombra que parecía acompañarla en todo momento, la violencia: “Ser mujeres trans y no ser colombiana es terrible. Muchas de nosotras tuvimos que dedicarnos al trabajo sexual, pero una vez nos escuchaban el acento, nos rechazaban o marginaban. Incluso, algunos hombres se creían con el derecho a golpearnos, a insultarnos, o exigirnos violentamente un servicio sexual y pagarnos menos porque no éramos de aquí”.

Cúcuta es una de las ciudades priorizadas por el gobierno de Colombia y los proyectos de cooperación internacional que han impulsado diferentes acciones humanitarias para proteger y preservar la vida de las personas migrantes viviendo con VIH junto al Instituto Departamental de Salud de Norte de Santander, la autoridad local en salud.

Las organizaciones de sociedad civil y de base comunitaria deben identificar a las personas migrantes con VIH para brindarles los servicios que necesitan.

La población con VIH proveniente de Venezuela que ha sido identificada puede acceder a los programas de cooperación internacional como el programa de la Agencia de Naciones Unidad para los Refugiados (ACNUR) o de AIDS Healthcare Foundation (AHF), obteniendo la atención integral en salud para personas con VIH, como la entrega de medicamentos antirretrovirales y exámenes de control. Sin embargo, debido a la alta demanda de personas que requieren de la atención, muchas de ellas se han visto forzadas a continuar camino, buscando un lugar dónde establecerse.

“En Cúcuta me informaron de organizaciones que trabajan con personas como nosotras en la ciudad de Bucaramanga. Allá también tengo una hermana (otra compañera trans) que me dijo que me viniera y que ella me ayudaba a encontrar una chamba. A Dios gracias encontramos una organización llamada CONPAZES y otra llamada la Liga de Lucha contra el SIDA. En ambas organizaciones me orientaron y actualmente, gracias a la ayuda de ambas organizaciones y al apoyo de AHF en Bucaramanga, recibo tratamiento médico gratuito”, comenta la joven.

Víctor Cuadros, director de la Liga de Lucha contra el SIDA del departamento de Santander, manifiesta a Corresponsales Clave que “la identificación de la población migrante viviendo con VIH no ha sido fácil; es el rol que la sociedad civil, de la mano de las organizaciones de base comunitaria, debe cumplir con la responsabilidad de salvaguardar la vida de la población migrante sin aseguramiento social viviendo con VIH/SIDA y que necesita urgentemente atención en salud”.

Esta identificación, según afirma Cuadros, ayuda a la promoción y creación de mecanismos orientados a una atención integral en salud de la población con VIH refugiada y migrante -y de la población no asegurada en general- por parte de las instituciones estatales. También, ayuda a promocionar la construcción de fondos económicos que se encarguen del gasto resultado del aseguramiento de estas personas.

Las organizaciones de sociedad civil realizan diversas acciones de respuesta al VIH.

Fandiño*, voluntario de la corporación CONPÁZES, señala que las dificultades en la identificación se dan precisamente en el miedo y la desconfianza de las personas a ser identificadas como “ilegales”, obligándoles a retornar a la frontera. “Las mujeres trans y los hombres gais son los que más temen acercarse, pero una vez se les brinda la información, comenzamos con el proceso de empoderamiento e, indirectamente, hacemos de esta población identificada líderes y lideresas pares, agentes sociales y comunitarios, que nos ayudan con la identificación de nuevas personas que necesitan atención en salud. Toda esta labor es voluntaria”, cuenta.

Por el momento, María alterna su tiempo entre el trabajo sexual y la estética. Con la llegada de la pandemia, junto a otras compañeras trans comparten gastos de alimentación, pagos de servicios y de arriendo. “Aquí no es como Venezuela que tú puedes recibir ayudas del Gobierno. Y con el COVID –19 todo se puso más apretado. Pero afortunadamente me encuentro bien y mientras tenga salud y tratamiento aquí, de aquí no me moveré. Sé que soy afortunada. He visto cómo otras (compañeras) han muerto solas en hospitales, lejos de sus seres queridos. Como te digo, le agradezco a la vida que me encuentro bien y que puedo ayudar a mi familia desde aquí”, concluye.

*Los nombres fueron cambiados a solicitud de las personas entrevistadas.

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